Esta reflexión no nace del vacío académico, sino del polvo y la espera. Surge de la relectura de El coronel no tiene quien le escriba, ese manual sobre la terquedad humana que, décadas después, me sigue abofeteando con la misma vigencia. Me detengo frente al espejo de mis propios miedos y descubro que no son un vacío, sino una presencia con una persistencia casi administrativa. Durante treinta años he diseccionado el psiquismo ajeno con la frialdad de un forense, pero al cerrar la puerta de la consulta, el miedo me aguarda en casa, sentado en el sillón, como un pariente pobre que no piensa irse. Ya lo decía Graham Greene: “El miedo es un sentimiento que se debe aprender. Es una suerte de conciencia”. Y vaya si he sido un alumno aplicado.
El Pulso y la Idea: Biología de una Estafa
En el inicio, el miedo es puro cuerpo. Es esa emoción primaria, un estallido en el pecho que me recuerda que, bajo el título profesional, sigo siendo un primate asustadizo. La amígdala dispara antes de que yo pueda articular una frase elegante; es una respuesta biológica de una eficacia brutal que nos ha mantenido vivos, aunque a veces uno se pregunte para qué.
Pero luego viene la trampa: el sentimiento. Aquí el miedo se pone corbata, se vuelve metafísico y se instala en la sala de espera de nuestra mente. Como el personaje de García Marquez, nos quedamos aguardando una pensión que no llega, alimentando un gallo que es pura ilusión y hambre. Porque el miedo, cuando se vuelve sentimiento, es una construcción narrativa que se alimenta de mis incertidumbres. Como bien señaló Marie Curie: “Nada en la vida debe ser temido, solo debe ser comprendido”. El problema es que a veces comprendemos demasiado y, aun así, nos quedamos mirando el horizonte esperando un correo que ya naufragó.
La Lente que Deforma: El Coronel y su Visión de Túnel
Cuando el miedo se instala en el centro, se convierte en un lente deformante que altera nuestra toma de decisiones. El miedo es un dictador mediocre que impone la lógica de la supervivencia sobre la de la oportunidad. Nos volvemos expertos en la aversión al riesgo; preferimos morir de hambre con “dignidad” antes que admitir que el sistema nos ha olvidado.
Es la “visión de túnel” donde las alternativas desaparecen y solo queda el anhelo de una seguridad que es el primer paso hacia el cementerio. Me recuerda a la advertencia de Frank Herbert: “El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total”. Decidir desde el miedo no es elegir un camino, es simplemente decorar nuestra celda mientras el cartero pasa de largo.
El Otro como Espejo y Amenaza: ¿Qué comemos hoy?
Quizás lo más irónico es cómo el miedo altera mi percepción del entorno y del otro. El prójimo deja de ser un sujeto de encuentro para transformarse en un sospechoso habitual. La empatía se repliega y aparece la proyección: veo en el otro mis propias sombras, mis miserias no resueltas. El miedo nos aleja de la alteridad y nos encierra en el prejuicio de que todos son, de alguna manera, responsables de nuestra desdicha. Lo expresó con maestría Hermann Hesse: “Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros mismos”.
Y ahí estamos nosotros, proyectando nuestras carencias en el vecino, mientras el correo sigue sin traer noticias. Hay un humor negro delicioso en esto de ser psicólogo y verse atrapado en la misma neurosis que uno diagnostica con tanta suficiencia.
Hacia una Integración: La Respuesta Final
Mi reflexión, gatillada por la soledad del Coronel, me lleva a entender que el desafío no es la ausencia de temor, sino su integración. Aceptar que el miedo es un límite que señala mis zonas de vulnerabilidad, pero también un recordatorio de que estoy vivo, aunque sea por puro milagro.
Al final del día, frente a la inmensidad del mar o el silencio del campo, reconozco que el miedo es solo una parte del paisaje. Podemos elegir alimentar al gallo de la ansiedad o aceptar, con la crudeza final de la novela, que si la pensión no llega y el miedo nos acosa, siempre nos quedará la última palabra. Cuando la mujer del Coronel le pregunta qué comerán si el gallo pierde, él responde con una lucidez terminal que es el mayor triunfo sobre el miedo:
—Dime, ¿qué comemos?
—Mierda.
“El valiente no es quien no siente miedo, sino aquel que conquista ese miedo”. Y a veces, conquistarlo es simplemente dejar de esperar elcorreo y empezar a caminar.

