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Quienes llevamos más de tres décadas observando las mareas de la salud mental, transitando desde la intimidad del consultorio hasta la complejidad de los entornos comunitarios y el rigor del análisis pericial, sabemos que nuestra disciplina es pendular. Hoy, nos encontramos ante un punto de inflexión fascinante: la transición hacia los modelos dimensionales del DSM-5, el renacimiento de la psicoterapia asistida con moléculas como la psilocibina, y la irrupción de enfoques de procesamiento subcortical del trauma profundo. Sin embargo, ante el justificado entusiasmo científico, surge un riesgo inminente en nuestra praxis: la sobresimplificación neurobiológica y la seducción de la “bala mágica”.

Es innegable que comprender el sufrimiento desde sus bases fisiológicas y neurológicas transforma nuestra capacidad de intervención. Como lúcidamente advierte el psiquiatra Bessel van der Kolk, pionero en el estudio del estrés postraumático, “el trauma no es la historia de algo espantoso que ocurrió en el pasado, sino el residuo que deja en nuestro interior”. Saber que podemos silenciar temporalmente la hiperactividad de la Red Neuronal por Defecto (DMN) para flexibilizar narrativas rígidas, o que podemos intervenir con estrategias bottom-up para desactivar el secuestro amigdalino antes de exigirle a la corteza prefrontal que racionalice el dolor, representa un avance formidable.

Pero el cerebro no existe en el vacío; existe en un cuerpo, dentro de una biografía y, muy a menudo, inmerso en un tejido social complejo, precarizado o vulnerado. Especialmente en el trabajo con adolescentes y adultos jóvenes, donde la identidad está en plena ebullición, reducir la psicoterapia a la mera inducción de estados plásticos o a la estimulación neurofisiológica es un reduccionismo peligroso. La moda de los tratamientos novedosos amenaza con instrumentalizar el dolor, convirtiendo al paciente en un conjunto de circuitos que deben ser “reiniciados”, olvidando a la persona que habita y sufre a través de esos circuitos.

Aquí es donde la verdadera maestría clínica exige un retorno a las bases y donde la psicoterapia relacional adquiere un protagonismo insustituible. La praxis relacional no es un mero telón de fondo humanista para que las nuevas técnicas funcionen; es, de hecho, el andamiaje neurobiológico primario de la sanación.

En los contextos comunitarios y de alta vulnerabilidad, el trauma suele ser crónico, interpersonal y profundamente ligado al apego. Cuando el daño se ha gestado en el vínculo con un “otro”, la reparación exige ineludiblemente la presencia de un “otro” seguro. Ninguna ventana de neuroplasticidad inducida por un psicodélico o por una técnica de reprocesamiento ocular tiene un valor integrativo duradero si el paciente no tiene un lugar seguro donde aterrizar esa experiencia.

Es en la micro interacción de la psicoterapia relacional donde ocurre el verdadero cambio. Al ofrecer una presencia sintonizada, predecible y radicalmente aceptante, el terapeuta actúa como un regulador externo para el sistema nervioso desorganizado del paciente. Stephen Porges, desde su Teoría Polivagal, nos recuerda una máxima ineludible para esta praxis: “Sentirse seguro no es la ausencia de amenaza, sino la presencia de conexión”. La co-regulación relacional le enseña a un tronco encefálico crónicamente alarmado que la interacción humana ya no es sinónimo de peligro, desactivando las defensas de lucha, huida o disociación.

Las herramientas de vanguardia abren la puerta, sí, pero son la contención relacional, la terapia narrativa y la estructura cognitivo-conductual las que permiten al sujeto cruzar el umbral. En palabras de Michael White, “el problema es el problema, la persona no es el problema”. Es a través de este vínculo seguro y de la reconstrucción de la historia vital que el individuo logra externalizar el síntoma y transformar una memoria somática abrumadora en un relato de supervivencia y agencia personal.

El acto terapéutico relacional es, en su esencia más profunda, un acto de restitución de la dignitas. Cuando integramos la neurobiología emergente con la profundidad de los modelos relacionales, no estamos simplemente acumulando técnicas; estamos defendiendo una praxis centrada radicalmente en el ser humano y sus derechos fundamentales. Estamos reafirmando que el alivio mecanicista del síntoma no basta, sino que el norte ético es devolverle al sujeto su capacidad de habitar el mundo con seguridad y propósito.

El futuro de la salud mental no le pertenece a la tecnología de turno ni a la molécula de moda, por más disruptivas que parezcan. Le pertenece a una psicoterapia integrativa y relacional, éticamente situada, que utiliza los avances de la ciencia no para reemplazar el encuentro humano, sino para honrarlo y profundizarlo. Solo así garantizaremos que la innovación científica esté siempre subordinada a la dignidad inalienable de quienes nos confían su dolor.

Sólo así podremos rescatar el acto profundamente humano , que conlleva la construcción del vínculo, en el marco del hacer profesional del psicoterapeuta

Referencias Bibliográficas

  • Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-regulation. W. W. Norton & Company.
  • Van der Kolk, B. A. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking.
  • White, M. (2007). Maps of Narrative Practice. W. W. Norton & Company.

 

 

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