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Un video viral, una agresión en el patio, un acoso silencioso. Cada vez que la violencia escolar nos estremece, emerge un clamor predecible por “mano dura”. Sin embargo, este enfoque punitivo es un fracaso anunciado que solo ataca el síntoma. La ciencia, desde la neurobiología hasta la historia evolutiva, nos ofrece una respuesta más eficaz: la seguridad no se construye con castigos, sino cultivando cerebros más sanos y conectados.

La violencia es la fiebre de un cuerpo social enfermo, el eco de dinámicas familiares rotas y una sociedad que normaliza la agresión. Pretender solucionarla con una expulsión es como intentar curar una infección con una tirita: simplemente desplazamos el problema, devolviendo al joven a un entorno que probablemente fomentó su conducta, sin darle una sola herramienta para cambiar.

Para entender la vulnerabilidad adolescente, debemos mirar su cerebro. La corteza prefrontal (CPF), responsable del control de impulsos y el razonamiento social, es la última región en madurar. Como demostró el célebre caso de Phineas Gage, una lesión en esta área puede transformar a una persona en un ser impulsivo e irascible. Esta inmadurez biológica, sumada al delicado equilibrio del neurotransmisor serotonina —clave en la regulación emocional—, crea una tormenta perfecta que la “mano dura” es incapaz de calmar.

Frente a esto, la evidencia no apunta a más castigos, sino a la prevención y la restauración. La cooperación no es un ideal ingenuo, sino nuestra estrategia de supervivencia más poderosa. Como explica el neurocientífico Jonathan Benito, la prosocialidad nos dio una ventaja evolutiva decisiva: los Homo sapiens colaborábamos entre grupos, superando a los neandertales. Los lobos más amigables se acercaron a los humanos y evolucionaron en los perros, una especie de éxito global, mientras el lobo arisco lucha por no extinguirse. Esta tendencia al altruismo tiene raíces neuroendocrinas, vinculadas a la hormona oxitocina, esencial en los mamíferos para el cuidado de las crías.

Sabiendo esto, crear una cultura escolar empática se vuelve una necesidad biológica. Un entorno hostil somete a los jóvenes a un estrés crónico devastador. El cortisol liberado impide el nacimiento de nuevas neuronas en el hipocampo, afectando la memoria y el aprendizaje. Peor aún, la neurociencia ha demostrado que la exclusión social activa las mismas áreas cerebrales que el dolor físico. El bullying no solo “hiere sentimientos”; el cerebro lo procesa como una agresión real.

Por el contrario, un ambiente de amabilidad funciona como una potente señal de seguridad biológica, activando el sistema de recompensa cerebral y liberando sustancias como la anandamida, generando bienestar. Las críticas, en cambio, activan circuitos ligados al dolor.

Entonces, ¿cómo aplicamos esta ciencia en las aulas?

  1. Vínculos como base neurobiológica: Un compromiso integral de los adultos para modelar la empatía calma los sistemas de amenaza del cerebro de los estudiantes, reduciendo la probabilidad de respuestas violentas.
  2. Aprendizaje Socioemocional (ASE) como entrenamiento cerebral: Enseñar a los jóvenes a identificar emociones, regular impulsos y desarrollar empatía es fortalecer activamente su corteza prefrontal. Prácticas como la meditación han demostrado reducir la activación de la amígdala, el centro del miedo, favoreciendo la gestión emocional.
  3. Prácticas restaurativas para reparar el tejido social: A diferencia del castigo, la restauración permite al agresor entender el impacto de sus actos y le ofrece un camino de reintegración. Esto combate la “indefensión aprendida” de creer que “ser bueno es ser tonto” y promueve una amabilidad asertiva: saber poner límites con firmeza, pero sin agresión.

Dejemos de buscar atajos punitivos. La violencia escolar deja cicatrices de por vida. La verdadera seguridad no se construye con más cámaras, portones detectores de metales   sino con más vínculos, más empatía y un compromiso genuino para formar no solo buenos estudiantes, sino buenas personas. Es un camino más largo, sí, pero es el único respaldado por la ciencia.

Fuentes Consultadas

  • Aulas en Alerta (2005). Columna de opinión.
  • Benito, J. La amabilidad es una estrategia de supervivencia. Conferencia.
  • Castellanos, N. La amabilidad se puede cultivar: la región del cerebro asociada a la amabilidad.
  • Kenhub. Corteza prefrontal: Estructura y función. Artículo de divulgación.
  • Psiquiatria.com. La neurociencia del bienestar emocional.
  • Redolar Ripoll, D. (Coord.). Neurociencia afectiva: entre el corazón y el cerebro. Universidad de Granada (DIGIBUG).
  • Tabibnia, G., & Lieberman, M. D. (2007). Neural basis of prosocial behavior. Social Cognitive and Affective Neuroscience. Publicado en PubMed Central (PMC).
  • Universidad Nacional Autónoma de México (DGCS). La serotonina, involucrada en las emociones y a la conducta social. Boletín.
  • Young, L. J. (2021). Oxytocin and the Neurobiology of Prosocial Behavior. Current Topics in Behavioral Neurosciences. Publicado en PubMed Central (PMC).

 

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