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Cada mañana, los titulares nos devuelven una imagen inquietante: agresiones en centros de salud, violencia en comunidades escolares y una crispación social que parece no dar tregua. Ante este escenario, cabe preguntarnos: ¿Es la violencia un rasgo inevitable de nuestra época o es, más bien, el síntoma de un descuido colectivo de nuestra higiene mental?

Al observar la realidad nacional, se hace evidente que la violencia no nace en el vacío. Diversos estudios, como el Termómetro de Salud Mental ACHS-UC, muestran que una parte importante de la población en Chile convive con síntomas de ansiedad y depresión. Desde la experiencia clínica, entendemos que la agresividad suele ser la cara visible de un agotamiento emocional que ya no encuentra palabras. Como bien señalaba Erich Fromm, la destructividad es muchas veces la consecuencia de una “vida no vivida”; cuando el estrés crónico y la incertidumbre saturan nuestra capacidad de autorregulación, el “otro” deja de ser un semejante para convertirse en una amenaza.

¿Podemos entonces aprender a vivir en paz o es una utopía inalcanzable? A menudo se piensa que la no violencia es pasividad, pero es todo lo contrario: es una elección activa que requiere herramientas psíquicas sólidas. Humberto Maturana nos recordaba que el amor —entendido como el reconocimiento del otro como un legítimo otro— es la única emoción que expande la inteligencia. Bajo esta premisa, la paz social se construye cultivando una higiene mental preventiva en los espacios donde la vida sucede:

  • En la Escuela: Es vital transitar desde el foco exclusivo en el rendimiento y el orden hacia una verdadera educación emocional. El aula debe ser el laboratorio donde se aprenda que el conflicto es natural, pero la violencia es opcional. En este espacio, el rol del profesor debe ser protegido en su calidad de guía y mediador, contando con una participación de los apoderados que sea mínima, constructiva y siempre enmarcada en una sana convivencia.

  • En el Hogar: Necesitamos recuperar el espacio de seguridad psicológica. Desde el enfoque de las terapias narrativas, sabemos que las historias que construimos sobre nosotros mismos y los demás determinan si nos vinculamos desde el cuidado o desde la defensa. La existencia de ritos de encuentro, espacios de conversación, modelaje y reflexión constituyen la base para estructurar un entorno seguro y formador.

  • En el Trabajo y la Comunidad: Debemos comprender que un entorno que ignora el agotamiento de sus miembros siembra, involuntariamente, la semilla de la reactividad. Aquí, el autocuidado y la corresponsabilidad juegan roles centrales; la ética del trabajo bien hecho, la colaboración honesta y la retribución justa son los elementos que permiten albergar espacios de mayor higiene mental.

¿De quién es, finalmente, la responsabilidad de este cambio? A veces esperamos que la solución venga exclusivamente de nuevas leyes o mayores medidas de seguridad, pero el bienestar mental es un bien público y, sobre todo, relacional. La experiencia clínica nos enseña que el cambio real comienza cuando somos capaces de pasar del “yo” reactivo al “nosotros” reflexivo. No basta con intervenir en la crisis; es imperativo instalar una mirada que valore el respeto y el cuidado mutuo como cimientos de nuestra salud.

Vivir en sociedad es un desafío constante. La pregunta que nos queda no es cuánto más podemos tolerar, sino ¿qué tipo de convivencia estamos dispuestos a construir hoy para proteger nuestro bienestar futuro? La higiene mental no es un lujo; es la base mínima para que el respeto y la no violencia dejen de ser consignas y se conviertan en nuestra forma esencial de habitar el mundo.

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