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Del “Agotamiento Cívico” a la Sombra Colectiva: Reflexiones sobre el Pesimismo y la Salud Mental en el Chile Actual

Hay momentos en que las sociedades transitan por una fatiga invisible, un desgaste que no hace ruido en las calles, pero que cruza transversalmente el tejido cotidiano. En nuestro país, lo que hoy los sondeos de opinión y las mediciones de expectativas traducen como pesimismo —un índice que supera sistemáticamente el umbral del desánimo generalizado— no es meramente un estado de ánimo volátil. Desde la práctica clínica y la perspectiva psicosocial, pareciera ser  nos encontramos frente a lo que algunos académicos a denominado una forma de agotamiento cívico que interpela directamente la salud mental de la población.

Para comprender este fenómeno, resulta sugerente una paráfrasis de aquella premisa cinematográfica de La suma de todos los miedos: ese thriller de acción del 2002 en donde más allá de la acción bélica y el suspenso cinematográfico, el concepto que da nombre a la película, apunta a cómo el miedo acumulado, la desconfianza mutua y los prejuicios históricos pueden llevar a las naciones a autodestruirse. El verdadero peligro no es solo una amenaza aislada, sino la suma de sospechas latentes que ciegan a los actores y paralizan la diplomacia.  De este modo  y siguiendo con la analogía, el peligro real para nosotros, no radica en un estallido dramático y repentino, sino en la acumulación silenciosa de riesgos latentes, pequeños temores y desconfianzas cotidianas que, al sumarse, fracturan la capacidad de una comunidad para proyectar un futuro común.

El Desamparo Aprendido y la Pérdida del Horizonte

Cuando el entorno macro —marcado por la persistente inseguridad, la contracción de las expectativas económicas y una crisis de confianza institucional prolongada— se experimenta como crónicamente inescrutable, el aparato psíquico humano sufre una transformación profunda.

Desde la psicología clínica, sabemos que el psiquismo opera sobre un eje temporal que necesita del futuro para regular la esperanza y la acción. Sin embargo, cuando las personas perciben que sus esfuerzos individuales o colectivos carecen de impacto real sobre su realidad, se activa el fenómeno del desamparo aprendido: la convicción íntima y paralizante de que nada de lo que se haga modificará el desenlace.

Este mecanismo no genera necesariamente una revuelta; por el contrario, produce un aplanamiento  emocional, una renuncia silenciosa y un repliegue absoluto hacia el espacio estrictamente privado. El espacio público y comunitario deja de ser el lugar de la realización colectiva para convertirse en una fuente potencial de amenaza.

El Cuerpo como Registro del Malestar Social

Este clima de pesimismo y fatiga social rara vez llega a la consulta clínica bajo etiquetas diagnósticas tradicionales. Se manifiesta, en cambio, a través del cuerpo y de los vínculos:

  • Hiperactivación y somatización: El sistema nervioso de la ciudadanía opera en un estado de alerta sostenida. Fatiga crónica, trastornos del sueño, ansiedad flotante y dolores somáticos sin causa médica aparente se han vuelto sintomatología común y  corriente. El cuerpo termina registrando y metabolizando aquello que el entorno social no permite procesar ni resolver.
  • La erosión del lazo social: En una sociedad percibida como hostil o fragmentada, el otro corre el riesgo de dejar de ser un prójimo para transformarse en un factor de riesgo o de competencia. El aislamiento emocional se instala, reina la desconfianza, privando a los individuos de espacios de validación colectiva donde el dolor y el desconcierto puedan ser compartidos y resignificados.

Recuperar el Sentido: Un Desafío Humano

Desde mi ejercicio profesional y en el trato cotidiano con las personas que acuden en busca de orientación, compruebo que el malestar contemporáneo no se resuelve únicamente con diagnósticos estadísticos ni con promesas tecnocráticas. Requiere un esfuerzo genuino por reconstruir relatos de sentido que vuelvan a convocar al ser humano desde su vulnerabilidad y su resiliencia.

La salud mental de un país no depende exclusivamente de la psicoterapia individual, sino de la salud de sus vínculos colectivos. Si la suma de todos los miedos nos aísla en la parálisis, el antídoto clínico y humano radica en devolverle al tejido social la experiencia de agencia: la certeza de que, cuando nos reencontramos desde la empatía y la colaboración, aún poseemos la capacidad de transformar el pesimismo en un horizonte de esperanza activa.

 

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